A Fondo
Cuando un segundo deja de ser poca cosa
Un segundo no parece gran cosa. Apenas da tiempo a parpadear, a mirar una notificación o a pulsar una tecla. Para un ordenador, en cambio, puede ser una eternidad. En ese intervalo se pueden ejecutar millones de operaciones, intercambiar incontables mensajes entre servidores, validar transacciones financieras o calcular posiciones a partir de señales de navegación. Y cuando todos esos sistemas dependen de compartir una misma referencia temporal, introducir de repente un segundo que normalmente no existe deja de ser una pequeña curiosidad de los relojes.
Eso es, en esencia, lo que llevamos haciendo desde 1972. Cada cierto tiempo, cuando la rotación de la Tierra se alejaba demasiado del ritmo casi perfecto de los relojes atómicos, añadíamos un segundo intercalar al Tiempo Universal Coordinado, UTC, para volver a ponerlos de acuerdo. El sistema ha sobrevivido durante más de medio siglo, pero también ha demostrado una y otra vez que el mundo digital lleva bastante peor estas pequeñas anomalías que nosotros. Ahora, además, existe la posibilidad de enfrentarnos por primera vez al problema inverso: tener que eliminar un segundo.
La respuesta ha sido bastante más radical que intentar preparar Internet, las telecomunicaciones, los sistemas de navegación y el resto de infraestructuras para ese escenario. La 28ª Conferencia General de Pesas y Medidas ha decidido que, a partir del 20 de mayo de 2027, UTC deje de incorporar estos ajustes y pase a funcionar de manera continua. En otras palabras, hemos preferido aceptar que nuestros relojes se vayan separando lentamente de la rotación real del planeta antes que seguir obligando a toda la tecnología mundial a digerir una corrección impredecible cada cierto tiempo.
La decisión puede parecer desproporcionada hasta que entendemos el problema que intenta evitar. ¿Cómo hemos llegado al punto de considerar más seguro dejar que nuestros relojes dejen de seguir exactamente a la Tierra que continuar corrigiéndolos de segundo en segundo? Para responder hay que empezar por algo bastante contraintuitivo: nuestro planeta, pese a todo lo que hemos construido sobre sus ciclos, es un reloj sorprendentemente malo.
La Tierra es un reloj bastante malo
Durante buena parte de la historia no tuvimos otra referencia posible. Un día era, básicamente, el tiempo que tardaba la Tierra en completar una rotación, y de ahí construimos horas, minutos y segundos. El problema apareció cuando aprendimos a medir el tiempo con mucha más precisión que nuestro propio planeta. Desde 1967, el segundo ya no depende de mirar al cielo: se define a partir de una transición concreta del átomo de cesio-133, una referencia muchísimo más estable y reproducible que la duración real de un día.
De esos relojes atómicos nace el Tiempo Atómico Internacional, TAI, una escala que avanza de manera continua y extraordinariamente regular. En el otro extremo está UT1, que sigue diciendo dónde se encuentra realmente la Tierra dentro de su rotación. Y entre ambos colocamos el Tiempo Universal Coordinado, UTC, la hora que sirve como referencia mundial. Su misión durante más de medio siglo ha sido conciliar dos realidades que se parecen mucho a simple vista, pero que no avanzan exactamente al mismo ritmo.
La culpa es de la Tierra. Su giro no funciona como el mecanismo de un reloj: cambia ligeramente por la interacción entre el núcleo y el manto, las mareas, los movimientos de la atmósfera y los océanos o la redistribución de grandes cantidades de masa sobre la superficie. Son variaciones diminutas, completamente imperceptibles en nuestra vida cotidiana, pero suficientes para que el tiempo astronómico y el atómico terminen separándose si dejamos que cada uno siga su camino.
Por eso, desde 1972 UTC se ha mantenido a menos de 0,9 segundos de UT1 mediante los famosos segundos intercalares. Cuando la diferencia crecía demasiado, el último minuto de junio o diciembre podía durar excepcionalmente 61 segundos: 23:59:59 → 23:59:60 → 00:00:00. Lo hemos hecho 27 veces, la última el 31 de diciembre de 2016. Sobre el papel parece una solución elegantísima: si la Tierra pierde el paso, añadimos un segundo y volvemos a sincronizarlo todo. El problema es que los ordenadores nunca han entendido el tiempo de una manera tan flexible.
El mundo digital descubrió que ese segundo era peligroso
El problema es que buena parte del software está escrito bajo una suposición aparentemente inocente: el tiempo siempre avanza hacia delante y cada minuto tiene 60 segundos. El segundo intercalar rompe ambas intuiciones. En 2012, uno de estos ajustes provocó fallos en sistemas Linux que dispararon el uso de CPU y afectaron a servicios como Reddit, LinkedIn o Mozilla. El sistema de reservas Amadeus Altea también sufrió problemas, obligando a algunas aerolíneas a operar temporalmente de forma manual. Cuatro años después, Cloudflare volvió a tropezar con el mismo tipo de anomalía: parte de su infraestructura DNS recibió valores temporales que el código no esperaba porque, sencillamente, alguien había asumido que una duración nunca podía ser negativa.
Nada de esto significa que añadir un segundo derribe Internet cada vez que ocurre. De hecho, la inmensa mayoría de sistemas lo absorben sin consecuencias visibles. El problema es otro: no existe una única manera de hacerlo bien. Un segundo intercalar introduce una discontinuidad extraordinariamente rara, y cada sistema operativo, servicio de sincronización o gran plataforma ha tenido que decidir cómo convivir con ella. Cuando miles de millones de dispositivos necesitan estar de acuerdo sobre qué hora es, tener varias respuestas técnicamente válidas empieza a ser una mala noticia.
Google optó hace años por una solución conocida como leap smear: en vez de introducir de golpe el segundo 23:59:60, modifica imperceptiblemente la velocidad de sus relojes durante un periodo más largo hasta absorberlo. AWS emplea una estrategia compatible, Meta ha utilizado ventanas distintas y otros sistemas continúan aplicando el segundo de manera directa. Cada método evita unos problemas y crea otros, hasta el punto de que mezclar fuentes de tiempo con estrategias diferentes puede hacer que dos máquinas conectadas estén momentáneamente en desacuerdo sobre la hora exacta.
Ahí aparece una paradoja bastante difícil de ignorar. Creamos UTC para disponer de una referencia común para todo el planeta, pero cada vez que intentábamos mantenerla sincronizada con la Tierra, algunas de las mayores infraestructuras digitales del mundo dejaban temporalmente de compartir exactamente el mismo tiempo. Durante décadas hemos aprendido a convivir con esa chapuza razonablemente bien. Lo que ha cambiado ahora es que el siguiente ajuste podría no consistir en añadir un segundo, sino en hacer algo que nunca hemos probado: quitarlo.
El segundo que nunca hemos probado
Hasta ahora, todos los segundos intercalares han funcionado en la misma dirección: la Tierra giraba ligeramente más despacio de lo previsto por los relojes atómicos y, cuando la diferencia se acercaba al límite establecido, añadíamos un segundo. Pero en los últimos años la situación ha empezado a cambiar. La rotación terrestre se ha acelerado lo suficiente como para abrir un escenario nuevo: que UTC termine adelantándose a UT1 y haya que introducir por primera vez un segundo intercalar negativo. En lugar de fabricar un instante adicional, tendríamos que hacer desaparecer uno: algo parecido a 23:59:58 → 00:00:00.
Puede parecer una diferencia menor frente al 23:59:60 que ya conocemos, pero desde el punto de vista informático no lo es. Añadir un segundo ya ha provocado problemas pese a llevar décadas contemplándose; restarlo nunca se ha probado de manera coordinada a escala mundial. Un grupo de expertos del BIPM y el IERS estimó en 2025 que la probabilidad de necesitar ese primer segundo negativo aumenta rápidamente y ronda el 30 % antes de 2035. Preparar adecuadamente todas las infraestructuras afectadas podría exigir, según la propia documentación técnica, un esfuerzo comparable al que supuso adaptar sistemas para el cambio de milenio.
Aquí aparece una de las paradojas más curiosas de toda esta historia. Mientras ciertos procesos internos del planeta están favoreciendo una rotación algo más rápida, el cambio climático está ejerciendo parcialmente el efecto contrario. El deshielo de Groenlandia y la Antártida desplaza enormes cantidades de agua desde los polos hacia latitudes más bajas, redistribuyendo la masa terrestre y frenando ligeramente el giro del planeta, del mismo modo que un patinador reduce su velocidad cuando separa los brazos.
Un estudio publicado en 2024 calculó que esta redistribución de masa habría retrasado aproximadamente tres años la posible llegada del primer segundo negativo. No significa que el calentamiento global esté solucionando el problema, ni tampoco que sea responsable de la aceleración que lo ha provocado: está simplemente amortiguando una parte de ella. Pero la perspectiva resulta difícil de superar: hemos llegado a medir el tiempo con tanta precisión que el deshielo de los polos puede influir en cuándo tendremos que modificar un segundo en los relojes de todo el planeta.
La solución: dejar que nuestros relojes se separen de la Tierra
La respuesta elegida no consiste en aprender a gestionar mejor ese segundo negativo, sino en dejar de necesitarlo. La 28ª Conferencia General de Pesas y Medidas ha aprobado que, a partir del 20 de mayo de 2027, UTC pase a funcionar como una escala continua y deje de corregirse cada vez que la rotación terrestre se aleje demasiado de los relojes atómicos. El límite actual, que obliga a mantener la diferencia entre UTC y UT1 por debajo de 0,9 segundos, se amplía hasta 3.600 segundos: una hora.
Eso no significa que dentro de unos siglos nuestros relojes vayan a saltar repentinamente sesenta minutos. La llamada «hora intercalar» es una forma útil de explicar el nuevo margen, pero no existe ningún salto de una hora programado. Lo aprobado es permitir que ambos tiempos se separen lentamente hasta alcanzar esa diferencia máxima, algo que, según las estimaciones actuales, tardaría varios siglos. Qué hacer cuando llegue ese momento será una decisión futura y podría resolverse de maneras muy distintas a la introducción brusca de una hora completa.
Para nosotros, el cambio será prácticamente invisible. El 20 de mayo de 2027 los relojes no se moverán, los días seguirán teniendo 24 horas y nadie notará que el mediodía astronómico empieza a alejarse unas fracciones de segundo adicionales del que marca su reloj. De hecho, los husos horarios y el horario de verano ya provocan diferencias muchísimo mayores entre la hora civil y la posición real del Sol. Las aplicaciones que necesiten conocer con precisión cómo está orientada la Tierra podrán seguir recurriendo a UT1 y a las correcciones publicadas por los organismos especializados.
Lo que cambia de verdad es la filosofía con la que medimos el tiempo. Durante más de medio siglo hemos obligado a nuestra hora mundial a seguir de cerca el giro irregular del planeta, corrigiendo los relojes cada vez que ambos caminos se separaban demasiado. A partir de ahora haremos justo lo contrario: dejaremos que el tiempo atómico avance sin interrupciones y aceptaremos que la Tierra vaya perdiendo lentamente el paso. Es una solución tremendamente pragmática, pero también abre una pregunta inevitable: si dejamos de corregir el reloj, ¿qué problemas trasladamos al otro lado de la ecuación?
He visto suficientes pelis de sobremesa para saber que esto no va a salir bien y que solo un científico recién divorciado, con una hija adolescente, apartado de su plaza de profesor de la Universidad de Míchigan por conducta rebelde, podrá salvar a la humanidad
— Peli de Tarde (@PeliDeTarde) October 16, 2026
¿Seguro que esto no va a salir mal?
La realidad, por suerte, es bastante menos cinematográfica (para desgracia de Dennis Quaid). El cambio no debería provocar que Internet se caiga el 20 de mayo de 2027, que los satélites pierdan el rumbo o que nuestros relojes empiecen a marcar una hora distinta de un día para otro. De hecho, buena parte de la motivación para abandonar los segundos intercalares consiste precisamente en reducir el riesgo tecnológico asociado a esas correcciones excepcionales. Pero eso tampoco significa que podamos desconectar UTC de la rotación terrestre sin tocar nada más: durante más de medio siglo hemos construido sistemas bajo la premisa de que ambos tiempos nunca se separarían en más de 0,9 segundos.
La astronomía, la geodesia o determinados sistemas de apuntado son buenos ejemplos. Hasta ahora podían utilizar UTC como una aproximación extremadamente precisa de UT1; cuando la diferencia empiece a crecer, tendrán que manejar explícitamente esa corrección. Algo parecido ocurre con protocolos y equipos de radiocomunicación diseñados para transmitir valores de UT1−UTC dentro del estrecho margen actual. Incluso existen formatos cuyo espacio reservado sencillamente no contempla diferencias de varios segundos, así que parte de esa infraestructura tendrá que actualizarse antes de que el desfase empiece a ser significativo.
También hay sistemas de navegación que afrontan una transición menos cómoda que otros. GPS, Galileo y BeiDou emplean escalas internas continuas y mantienen por separado su relación con UTC, mientras que GLONASS está históricamente más ligado a la hora coordinada y a sus segundos intercalares. Eso no significa que vaya a dejar de funcionar en 2027, pero sí ayuda a entender por qué eliminar estos ajustes exige años de adaptación. La propia transición internacional contempla plazos que se extienden mucho más allá de mayo para determinados equipos y sistemas que no pueden sustituirse inmediatamente.
Así que sí, existen costes y riesgos reales, solo que son bastante menos espectaculares que los titulares apocalípticos. Estamos eliminando una complicación del tiempo para introducir otra en los sistemas que dependían de ella, y habrá que actualizar software, protocolos y equipos durante años. La diferencia es que ahora podemos hacerlo de forma planificada, mientras que un segundo intercalar negativo podía llegar con relativamente poco margen y obligar a todo el planeta a ejecutar por primera vez una anomalía temporal nunca probada. El nuevo sistema no es perfecto; simplemente cambia un problema impredecible y potencialmente inmediato por otro mucho más lento.
Hemos solucionado el problema enviándoselo al futuro
La nueva regla no elimina la diferencia entre el tiempo atómico y la rotación terrestre. Simplemente deja de corregirla de forma periódica y permite que se acumule durante mucho más tiempo. En vez de enfrentarnos cada pocos años a un ajuste de un segundo, aceptamos que UTC y UT1 se vayan separando hasta que algún día la discrepancia alcance dimensiones que ya no puedan ignorarse. Hemos cambiado, en definitiva, un problema pequeño, recurrente e impredecible por otro mucho mayor, pero tan lejano que probablemente tendrá que resolverlo una sociedad muy distinta de la nuestra.
Tampoco sabemos cómo se hará. El nuevo límite de una hora no implica que dentro de unos siglos alguien vaya a ordenar que todos los relojes del planeta salten sesenta minutos de golpe. Podrían diseñarse correcciones graduales, redefinir de nuevo la relación entre tiempo civil y astronómico o adoptar un sistema que hoy ni siquiera existe. Desde el punto de vista de la ingeniería, la decisión es bastante comprensible: no pretende encontrar una solución perfecta para siempre, sino elegir el problema menos peligroso con la tecnología y las necesidades actuales.
Resulta especialmente llamativo que este cambio llegue justo cuando nuestra forma de medir el tiempo vuelve a prepararse para otra transformación. La misma Conferencia General de Pesas y Medidas sigue avanzando hacia una futura redefinición del segundo mediante relojes ópticos, capaces de superar ampliamente la precisión de los estándares actuales basados en cesio. Al mismo tiempo, se trabaja en una referencia temporal internacional para la Luna, necesaria para futuros sistemas de navegación, comunicaciones y posicionamiento fuera de la Tierra.
Hay algo casi inevitablemente simbólico en todo ello. Durante siglos medimos el tiempo observando el cielo; después obligamos a los relojes atómicos a seguir de cerca el giro irregular del planeta. Ahora hemos decidido que ya no merece la pena perseguirlo segundo a segundo, justo cuando empezamos a construir referencias temporales todavía más precisas y a pensar en cómo sincronizaremos relojes fuera de la Tierra. Quizá el segundo intercalar no haya muerto porque midamos peor el tiempo, sino precisamente porque hemos aprendido a medirlo demasiado bien.
Imágenes generadas con IA
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